DESDE MI TRINCHERA

Madres, tecnologías y tradiciones

 Félix Jacinto Bretón

Félix Jacinto Bretón/Trinchera

El siguiente es un artículo –con todo y título- de mi amigo y compadre, además de colega y camarada, Eugenio Pérez Almarales, connotado periodista de Granma, Cuba, donde fue presidente de la UPEC (Unión de Periodistas de Cuba) y dirige, desde hace algunos años, el semanario LA DEMAJAGUA.
Interesante lo que plantea Eugenio aquí. Los ejemplos que utiliza, son de allá, de Cuba, y específicamente de su pueblo, pero se puede adaptar perfectamente a REPUBLICA DOMINICANA y a cualquiera otra sociedad como la nuestra.  No le cambié, ni le quité,  ni le agregué ni una palabra, ni una coma, ni un punto…y para qué? No era necesario.

Eugenio es todo un maestro del periodismo y lo demuestra con creces en este interesante trabajo y en los demás que ha publicado en LA DEMAJAGUA y otros medios, incluyendo digitales. Los dejo con su articulo:

Mucho han cambiado los tiempos en casi medio siglo. Con el avance de la tecnología, la simplicidad de la vida y la rectitud en el comportamiento se esfumaron en no pocas aristas, como en los juegos infantiles, el sentido del respeto, la disciplina familiar…, y las madres –y padres- tuvieron que asumir nuevas y complejas preocupaciones.

En mi niñez, demasiado lejana para mi gusto, todo era más sencillo. Entonces a los muchachos que daban perretas se les llamaba “malcriados”; a quienes se propasaban con los mayores se les decía “frescos”, y los asuntos de ese tipo se subsanaban con un chancletazo “a tiempo”, no en la consulta del psicólogo, y no llamo a la violencia, ni minimizo el papel de los especialistas.

Al comenzar el curso escolar, la madre presentaba su hijo al maestro, y le decía: “aquí se lo entrego, con nalga y todo”, frase cuyo sentido comprendían muy bien los párvulos.

No recuerdo que mis condiscípulos se ocuparan de fanfarronear con ropas “de marca”, ni con meriendas “super”. Nos poníamos nuestros uniformes, que primero fueron grises, y luego azules y blanco, y los zapatos no eran Nike, ni Adidas, sino colegiales, y punto, y nadie se acomplejaba por llevar su jabita con limonada y pan.

Entonces, los niños debíamos saber multiplicar, dividir, restar… a puro cerebro, y en el peor de los casos ayudados por los dedos. No se le ocurría a un estudiante depender de una calculadora; eran tiempos en que los bodegueros presumían de su capacidad de sumar, a punta de lápiz.

¿Celular? No. La palabra conservaba su sentido original: “perteneciente o relativo a las células”. Lo más avanzado que conocí fueron dos teléfonos de juguete, de baterías, que compraron una vez a Sonia Esther, y abundaban los hechos con dos latas de leche condensada vacías, conectadas por un hilo que se humedecía con luzbrillante.

Divertirse era simple, no dependía de software ni de hardware. Para jugar pelota no era imprescindible ni tener pelota, porque las tuzas la suplían, y nos contentábamos cuando teníamos una bien blanca, a esa la llamábamos “coquito”, y “bateábamos” a mano limpia.

En Santa Rita jugábamos siqui –no conozco que se practique aun-, consistente en que los integrantes de un grupo perseguían y capturaban a los de otro y los llevaban para la base: el poste de la luz frente a la casa de Mayaya.

Con menos tecnología que ahora, la TV no nos contaminaba con la vulgaridad y el veneno de la “doctora Polo”, en Caso cerrado, ni sufrimos la banalidad y el atropello moral de Nuestra belleza latina, contenidos que circulan hoy de mano en mano; ni admirábamos al Capitán América, ese superhéroe que aparece hoy en los telerreceptores, ataviado con los símbolos de los Estados Unidos de América.

Admirábamos a nuestros héroes de la pequeña pantalla en blanco y negro: Nacho Verdecia, el jefe insurrecto (que interpretaba Mario Limonta), Lola la Capitana, combatiente y curandera, Jiquí, el cimarrón, todos personajes de Los Mambises, una de las tres aventuras que diariamente transmitían por los canales Seis –desde La Habana- y Tele Rebelde, de Santiago de Cuba.

Sin embargo, no sería serio si presentara a mi generación como de angelitos. Mi madre no supo hasta hace muy poco que en Palma del Perro, donde cursé la secundaria básica, tenía mi propia pequeña cueva, a la que entraba, pensándome aventurero, como los de los libros; ni que me acostaba en el fondo del río, agarrado a una piedra, para disfrutar la soledad, el silencio. Ambas, peligrosas aficiones.

Sólo cuando se tiene hijos es posible comprender la permanente angustia de los padres por nosotros.

No chateábamos, las cartas, físicas, tocables, en sobres, fomentaban vínculos familiares y de amistad, incluso con muchachos de otros países, cuyas direcciones postales seleccionábamos de la revista Somos Jóvenes, sin peligro de encontrarnos de pronto con sitios webs pornográficos, o donde enseñan a fabricar bombas caseras.

Claro, es innegable todo lo positivo de las modernas tecnologías; se trata, entonces, de conocer, también, sus lados oscuros.

Es que el desarrollo en el campo digital ha sido vertiginoso, tanto que a muchos los tomó por sorpresa, como le ocurrió a otra madre que estará de fiesta este domingo, una respetable secretaria de Bayamo, ya jubilada (Mima lo sabe), quien accedió tarde a esos artefactos. Cuando le entregaron en su oficina la primera computadora, una flamante 286, ingenua, preguntó: ¿Y dónde está el pedal de este aparato?

Seguimos en combate…hasta la victoria siempre!

 

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